La inseguridad,

cruda realidad

Quiero que se imaginen a un niño de 9 años, quiero que se pongan en sus zapatos y piensen cómo coloca con sus pequeñas manos una cartita en un crucifijo que hay en su casa con el siguiente mensaje: “Se llama Ernesto y es importante para mí por que me da miedo que lo maten porque se va en combi…”, a la que añade un dibujo de su papá.

Este es un ejemplo claro de cómo lo están viviendo los menores de edad, saben que no viven en una ciudad segura, saben que en cualquier momento las cosas pueden cambiar y pueden perder a la gente que más aman o que ellos mismos pueden estar dentro de la unidad y llegue una persona a la que “se le haga fácil” ganarse la vida con un arma en mano o que conduzcan bajo los efectos del alcohol o estupefacientes y la historia termine mal.

Los niños ya no dibujan taxis y camiones sobre la carretera como en antaño, ahora dibujan a tipos que se suben a asaltar, amenazando a los pasajeros para que entreguen celulares y billeteras, que representan muchos días de esfuerzo, los apuntes del semestre o donde va la quincena, pero no es un simple dibujo con monitos, primero percibimos impotencia y frustración de un chiquito que no sabe cómo acercarse a las autoridades. Segundo, tampoco sabe si le harán caso por ser niño, y solo le pide a Dios que proteja a su papá.

¿Por qué es importante abordar este tema?

Debemos considerar que si no se trabaja en el problema de la seguridad para estos miles de niños, el problema va a crecer y los costos, además de los económicos, los psicológicos serán brutales.

La Psicóloga Mónica Villalba destaca que las repercusiones serán dependiendo de la exposición a la que hayan estado: si lo escucharon en la escuela o en la calle, si se los dijo el amiguito, si escucharon alguna conversación en casa o lo hayan vivido directamente ellos: “De manera inmediata el niño podrá presentar inseguridad, pesadillas, miedo, estrés -que si no son tratados a tiempo- pueden convertirse en ansiedad generalizada, lo cual puede ocasionar trastornos mentales, emocionales y/o físicos tales como insomnio, depresión, miedo, pánico, y/o Trastorno Obsesivo Compulsivo, entre otros, que al no ser tratados a tiempo pueden llegar a afectar la calidad de vida de una persona. 

Quienes ya lo hayan vivido, es importante considerar la idea de asistir a terapia que en ocasiones, dada la magnitud del trastorno puede ir acompañada de un tratamiento psiquiátrico que apoye a través de medicamentos la regulación y recuperación de la salud mental del paciente”.

Las estadísticas pueden marcar tendencias a la baja, pero mientras un niño tenga esta percepción, todavía se tiene mucho trabajo por hacer.

Insisto, la seguridad debe ser tema prioritario, nadie se merece vivir así, con esa angustia de si regresará o no a casa tu papá, tu mamá, tu esposo, tus hijos, tus nietos.


Rosaura Cervantes Conde