Las 5 tribus
Las 5 tribus
Guía etnográfica, sin pelos en la lengua, de las cinco especies que cohabitan —no siempre en paz— el ecosistema del transporte capitalino.
Veintiún millones de desplazamientos diario generaron una presión evolutiva, en la ciudad se crearon cinco tribus claramente diferenciadas, cada una con sus rituales, su filosofía de vida y su particular relación con el concepto de "llegar a tiempo“ en día hábil.
LOS HIJOS DEL SUBSUELO
Su capacidad sobrehumana para dormir de pie, despertarse en su estación, convivir en un inexistente espacio vital, que podría describirse como el acercamiento más cercano sin llegar a sexo, en un “Tetris nivel Dios” que se ajusta cada estación.
El usuario del Metro es quizás el más estoico de todos los chilangos: ha aprendido a existir en 0.3 metros cuadrados rodeado de desconocidos, con el brazo de alguien en su cara y la mochila de otro en sus costillas, sin perder ni la compostura ni el audífono izquierdo ni dejar de ver su serie en su cel, por el módico precio —cinco pesos— incluido masaje y sauna, vale la experiencia.
LOS DEL CARRIL PREFERENTE
El usuario de Metrobús y Trolebús chilango sabe que el carril exclusivo, no es en realidad tan exclusivo. Manifestantes, ciclistas, algún taxista rápido y furioso, pero sobre todo motociclistas irresponsables, lo invaden constantemente.
Saben que el único truco es no quedarse en las puertas.
Les parece una opción más digna para trasladarse además de poder disfrutar de ver la ciudad.
Disfrutan de sus unidades amplias y bien cuidadas, y cuando pueden trasladarte en segundo piso, hasta se sienten turistas.
LOS DEL MICRO Y EL PESERO
Los herederos del caos original. Los usuarios de autobuses concesionados, micros y combis representan algo que ningún planificador urbano ha podido erradicar del todo: la movilidad como improvisación colectiva.
Son la tribu más heterogénea, la más extendida geográficamente, ya que el micro es un patrimonio cultural.
Su chofer mantiene una relación con el semáforo en rojo que es más sugerencia que norma y la parada oficial es, en el mejor de los casos, una aproximación. Lo notable es que, pese a todo, funciona.
Cubre rincones de la ciudad donde ningún otro sistema llega, -algunos que ni la calle tiene nombre- a precios que desafían toda lógica de mercado y con una puntualidad que depende enteramente del humor del universo ese día.
Horarios que van del amanecer a bien entrada la noche, con frecuencias que dependen de la demanda real.
El chofer conoce el recorrido mejor que Google Maps, acepta orientaciones en tiempo real y la variedad de rutas permite combinaciones que ningún algoritmo de movilidad consideraría.
El concepto de "parada" es interpretado con generosa libertad. Puedes subir y bajar donde quieras y hasta el chofer te avisa.
La nomenclatura de rutas es un idioma referencial local que solo los de la zona entienden.
En hora pico las dimensiones del vehículo no son orientativas sino aspiracionales, en el cual, puedes aprovechar para capacitarte -colgado en la puerta- como hombre araña.
El micro no es un sistema de transporte, es una red social con ruedas.
LOS ECOLÓGICOS
La tribu ciclista es la más reciente en formarse como identidad colectiva reconocible, y también con la autopercepción de sanos y ecológicos.
Tienen un entusiasmo genuino de quien descubrió algo que funciona en la ciudad que por décadas y ahora forman parte de la solución. El ciclista urbano chilango tiene algo del converso: llegó a la bici por necesidad pero se quedó por convicción.
Existe, eso sí, una taxonomía interna apasionante. Está el ciclista de Reforma-Condesa con casco aerodinámico, luces LED, aplicación de métricas, ecológico-deportista y está el ciclista de colonia, bici con canasta de mandado, perfectamente integrado al tráfico como si llevara décadas haciéndolo. Ambos comparten las ciclovías, pero no necesariamente ideología.
LOS DE LA MOTO
La tribu de la moto vive en una dimensión paralela donde el tráfico de la Ciudad de México no aplica.
Para ellos, el embotellamiento del Viaducto a las ocho de la mañana no es un obstáculo sino un reto y adrenalina que atraviesan a velocidades que los de tránsito describirían como "imprudentes".
Es una tribu con dos subclanes bien definidos: el motociclista vocacional —que eligió la moto como filosofía de vida y tiene parches en su chamarra de piel, historias en carretera y un juicio genuinamente distorsionado sobre lo que es "cerca"— y el motociclista de necesidad económica, que usa la moto porque es la herramienta de trabajo y que ejecuta cuarenta entregas diarias en tiempos que superan toda lógica, invadiendo banquetas, ciclovías, carriles confinados y sentidos contrarios.
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