Movilidad en disputa:
lo que no se dijo
también cuenta
Movilidad en disputa:
lo que no se dijo
también cuenta
Gonzalo López Abonza
En la antesala del Mundial 2026, la Ciudad de México ha comenzado a delinear su visión de movilidad.
El anuncio reciente del plan encabezado por la Secretaría de Movilidad pone sobre la mesa una apuesta clara: electromovilidad, sustentabilidad, modernización del transporte masivo y mejor conectividad.
En el papel, suena bien. En la práctica… hay un silencio que pesa. Porque en todo ese planteamiento hay una ausencia que no puede pasar desapercibida: el taxi concesionado simplemente no aparece. Ni como problema, ni como solución, ni como parte del sistema. Y eso, más que un descuido, parece una definición.
Resulta difícil entender cómo, en un evento de escala global donde la demanda de movilidad será extraordinaria —en aeropuertos, hoteles, centros turísticos y puntos estratégicos—, no se contemple de manera explícita a uno de los servicios más extendidos, disponibles y con mayor cobertura territorial de la ciudad.
El taxi no es marginal. Es cotidiano, es inmediato y es masivo. Miles de usuarios lo utilizan todos los días. Y en un contexto como el Mundial, esa cifra no va a disminuir… va a crecer.
Entonces la pregunta es obligada: ¿dónde está la respuesta del Estado para este sector?
Porque si el diagnóstico reconoce la necesidad de mover mejor a la ciudad, pero omite a un actor clave, lo que tenemos no es una estrategia integral… es una planeación incompleta. Y en política pública, lo que no se nombra, generalmente no se atiende.
Aquí es donde el tema deja de ser técnico y vuelve a ser político. Porque mientras el gobierno impulsa sistemas eléctricos, amplía infraestructura y moderniza corredores, el taxi concesionado sigue esperando una decisión que no llega: una herramienta tecnológica propia, pública, eficiente, que lo conecte directamente con los usuarios.
No es un asunto menor. Es, probablemente, la pieza que hoy define la cancha.
Porque mientras ese vacío exista, alguien más lo ocupa. Y no hace falta adivinar quién. Las plataformas globales llevan años construyendo posicionamiento, aprovechando cada espacio de indefinición. No necesitan permiso formal cuando tienen narrativa, presencia mediática y capacidad de incidencia.
El Mundial, en ese sentido, no es solo un evento deportivo, es una oportunidad de mercado y la están jugando como tal. Por eso preocupa que, frente a una coyuntura tan clara, la respuesta institucional no incluya —ni siquiera en el discurso— al taxi concesionado como parte de la solución, porque entonces la omisión deja de ser neutra, se convierte en factor.
No se trata de oponerse a la modernización ni de negar la importancia de la electromovilidad, al contrario: el transporte debe evolucionar y el Estado tiene razón en impulsar sistemas más eficientes y sustentables.
Pero modernizar no puede significar invisibilizar, mucho menos cuando existe un marco legal claro que establece que el transporte público de pasajeros con fines de lucro es una actividad concesionada, regulada y estratégica.
Ignorar a ese sector en el momento en que más se le necesita no solo es un error de planeación…es una señal preocupante. Porque mientras no exista una política clara de integración —que incluya tecnología, regulación efectiva y condiciones de competencia justas—, lo que en los hechos ocurre es otra cosa: se sigue allanando el camino para que otros actores consoliden su posición.
Y eso no es transformación, es desplazamiento silencioso. El taxi concesionado no ha pedido privilegios ha pedido reglas claras, piso parejo y herramientas para competir. Ha planteado, una y otra vez, la necesidad de una plataforma digital propia que articule al sector, mejore el servicio y responda a la demanda real de los usuarios, especialmente en momentos de alta exigencia como el que viene. La pregunta sigue en el aire: Si este era el momento ideal para presentarla… ¿por qué no ocurrió?
Porque el Mundial no solo pondrá a prueba la capacidad de la ciudad para mover personas. Va a exhibir, sin matices, quién tomó decisiones… y quién decidió no tomarlas. Y aquí no hay espacio para la ambigüedad: lo que no hizo el Estado, alguien más ya lo está capitalizando.
Así de claro.
Así de crudo.
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