El fútbol fue primero,
ahora van por el taxi
El fútbol fue primero,
ahora van por el taxi
Gonzalo López Abonza
Protectorados corporativos, soberanía tecnológica y la defensa de lo que pertenece a los mexicanos.
En nuestra colaboración anterior sosteníamos que la soberanía también se defiende en las calles. Hoy, a propósito de la fiesta mundialista que vive nuestro país, vale la pena ampliar la reflexión: la soberanía también se pierde cuando los pueblos permiten que sectores enteros de su vida económica, cultural y social sean absorbidos por grandes corporaciones transnacionales.
El Mundial de 2026 nos deja imágenes encontradas. Por un lado, estadios llenos, espectáculos impresionantes y una enorme derrama económica. Por el otro, una sensación difícil de ignorar: el fútbol, aquel deporte que nació y creció en los barrios, parece cada vez más distante de la gente común.
¿Cómo olvidar aquellos mundiales donde las calles se llenaban de niños jugando cascaritas? Donde las familias se reunían frente al televisor y el que perdía pagaba los refrescos. El fútbol era una fiesta popular. Era del pueblo. Las porterías se improvisaban con piedras o mochilas. Los partidos se organizaban en calles, parques y explanadas. Durante un mes entero el país respiraba fútbol. No hacían falta grandes pantallas, zonas VIP ni experiencias exclusivas. Bastaba un balón, algunos amigos y la ilusión compartida de ver a México competir en la máxima justa deportiva.
Hoy observamos algo distinto. Todo tiene dueño, marca, patrocinador y precio. El fútbol se ha convertido en un producto global administrado por grandes intereses económicos que han encontrado en la pasión de millones una extraordinaria fuente de ganancias.
Lo que ocurrió con el fútbol debería encender las alertas de los gobiernos progresistas del mundo, porque la misma lógica se está aplicando a otros sectores estratégicos, LO ESTAMOS VIENDO EN EL TRANSPORTE.
Durante décadas, el taxi formó parte de la identidad de nuestras ciudades. ¿Quién no recuerda los viejos "cocodrilos" que recorrieron durante años las calles de la capital? ¿O los taxis verdes, amarillos, corales y rosas que marcaron distintas épocas? Cada ciudad desarrolló su propia identidad: colores, modelos y estilos que terminaron convirtiéndose en parte de su patrimonio urbano. Como ocurrió con otros símbolos populares que forman parte de nuestra memoria colectiva, el taxi dejó de ser únicamente un medio de transporte para convertirse en un elemento de la vida cotidiana de los mexicanos. Detrás de cada volante había una familia, una historia de esfuerzo y una forma digna de ganarse la vida.
El taxi era parte del paisaje urbano, de la vida cotidiana y de la economía popular. Era un servicio prestado por mexicanos para los mexicanos. Sin embargo, en pocos años, plataformas digitales respaldadas por enormes capitales internacionales han transformado por completo las reglas del juego.
No estamos frente a una simple competencia tecnológica. Estamos frente a un proceso mucho más profundo: la apropiación de mercados nacionales por corporaciones que concentran información, usuarios, ganancias y capacidad de decisión.
Por eso insistimos en un concepto que merece discutirse con seriedad: LOS PROTECTORADOS CORPORATIVOS. Se trata de espacios donde las grandes empresas terminan ejerciendo una influencia económica superior a la capacidad reguladora de muchos gobiernos. Operan simultáneamente en distintos países, acumulan cantidades gigantescas de datos y recursos, y frecuentemente logran imponer condiciones que afectan a trabajadores, consumidores y autoridades.
Los gobiernos progresistas deben tomar nota de esta realidad, porque el desafío de nuestro tiempo ya no consiste únicamente en administrar los asuntos públicos. También consiste en evitar que las decisiones fundamentales de nuestras economías terminen subordinadas a intereses corporativos que no responden al bienestar colectivo ni al desarrollo nacional.
El riesgo es evidente.
SI HOY SE APROPIAN DEL TAXI, MAÑANA BUSCARÁN APROPIARSE DE LO DEMÁS.
La pregunta de fondo no es si debemos utilizar tecnología. Por supuesto que sí. La tecnología debe estar al servicio del desarrollo nacional. Lo que debemos preguntarnos es quién controla esa tecnología y quién se beneficia de ella.
Por ello reiteramos un planteamiento que hemos defendido en distintas ocasiones: México necesita construir una Plataforma Nacional del Taxi, moderna, eficiente y competitiva, capaz de aprovechar todas las herramientas tecnológicas disponibles sin entregar un sector estratégico a intereses extranjeros.
No se trata de regresar al pasado: Se trata de construir soberanía tecnológica. Se trata de impedir la desaparición de un gremio que durante décadas ha formado parte de la vida económica y cultural de nuestro país.
SE TRATA DE COMPRENDER QUE LA INNOVACIÓN NO DEBE SIGNIFICAR LA EXTINCIÓN DE QUIENES HAN SOSTENIDO HISTÓRICAMENTE EL SERVICIO PÚBLICO DE TRANSPORTE INDIVIDUAL DE PASAJEROS.
México es una nación que respeta la libertad de expresión y la pluralidad de ideas. Esa diversidad forma parte de nuestra vida democrática. Sin embargo, más allá de las diferencias coyunturales, la discusión de fondo debería concentrarse en un tema mucho más trascendente: cómo garantizar que los beneficios del desarrollo tecnológico, económico y comercial contribuyan al fortalecimiento de la soberanía nacional y no a la pérdida gradual del control sobre sectores estratégicos de nuestra economía.
Cuando concluya la fiesta mundialista y pase la euforia de los reflectores, llegará inevitablemente la resaca del Mundial. Entonces será momento de evaluar qué quedó para el país más allá de los espectáculos, las campañas publicitarias y los balances financieros.
Ojalá que una de las lecciones sea comprender que los espacios populares, los sectores estratégicos y el patrimonio económico de las naciones no pueden quedar a merced de corporaciones que todo lo convierten en mercancía.
Porque el fútbol fue del pueblo.
Porque las cascaritas en la calle fueron parte de nuestra identidad colectiva.
Porque el taxi ha sido durante décadas una actividad construida por generaciones de trabajadores mexicanos.
Y porque la soberanía nacional no solamente se defiende en los discursos. También se defiende en las calles, en la economía cotidiana y en la decisión colectiva de preservar aquello que pertenece a todos.
RESCATEMOS EL TAXI.
Impulsemos una Plataforma Nacional del Taxi.
Defendamos la soberanía tecnológica de México.
Porque el taxi es de los mexicanos.
¡Viva México, cabrones!
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